El amor en el cine de Matías Bize: lo personal del relato.

Escrito por rcb el . Posteado en //02, Cine Chileno, Diplomado Estética y Crítica de Cine

Por Fernando Pérez Gamboa.

El amor es el tema universal por antonomasia. Es, sin ir más lejos, el motivo por el cual se realizan todo tipo de actividades humanas y también uno de los argumentos más utilizados en las expresiones artísticas. El arte y la cultura tienen un matrimonio abierto con el amor y estos conceptos se potencian entre sí.

El cine no es la excepción, ya que este sentimiento ha tomado distintas formas en la gran pantalla, pasando del querer inocente de los padres a los hijos hasta un cariño que provoca las más grandes desgracias. Sólo basta con visualizar el melodrama de las películas hollywoodenses de los años 20, 30 o 40. Lo que el viento se llevó (1939) es un gran ejemplo.

El cine chileno, por su parte, no ha sido tan prolífico en estas materias. Desde las primeras películas como tales en los años 50, pasando por el cine panfletario de los 60 y 70, hasta el cine post dictadura, nunca se había tocado el tema del amor como tema medular, casi obsesivo, de parte de algún director, hasta que apareció Matías Bize con Sábado (2003). Él no es el salvador del cine melodramático chileno. Es más, algunas de sus películas no tienen la intensidad dramática típica de este cine. No están exacerbados los sentimientos ni existe una desgracia final para ambos o uno de los protagonistas. Sin embargo, Bize sí ha tomado la responsabilidad de retratar el amor de pareja en variadas situaciones, con mayor o menor éxito según el caso. Así responde cuando le preguntan sobre la reiteración de las relaciones amorosas en sus películas:

“Son cosas que me podrían pasar a mí o son historias cercanas. Me siento mucho más cómodo y hablando con mucha más verdad, que hablando de temas que son desconocidos.” 1

“No podría trabajar en temas que no me interesaran, busco películas que me representen, que sean historias totalmente personales, si no, no podría hacerlas. El tema de una relación no cerrada era un tema del que me interesaba hablar, un tema muy universal y potente.”2

Bize es un director honesto en lo que quiere filmar, y en ese sentido tiene un mérito que es escaso: muchos realizadores hacen películas sobre temas que vendrían a representar “lo correcto”, “lo necesario”, sobre temas por los que la sociedad presiona: la filmografía chilena está llena de películas que apelan a la dictadura de Augusto Pinochet, a los detenidos desaparecidos, a Salvador Allende. Y ahora último, a la soledad de la nueva generación de jóvenes. Bize, en cambio, se centra en el amor, pues es el tema que lo motiva. Pero es un amor parcial y estrecho, ya que sus personajes son sólo ellos y el amor. No hay ningún problema extra que agregarle. Esa es, creo yo, la gran falencia de su cine.

La pareja del cine de Bize

Vamos a tomar dos de sus películas más emblemáticas: En la cama (2005) y La vida de los peces (2010).

En la cama nos cuenta la historia de Bruno y Daniela, dos desconocidos que, tras conocerse en una fiesta, deciden ir a un motel a tener sexo sin compromiso. Toda la película transcurre dentro de la pieza, con ellos preguntándose quiénes son, qué hacen ahí. Durante la hora y 15 minutos que dura la película, ellos se van conociendo y contando ciertas partes de sus vidas. Así, entendemos al final cómo Daniela está escapando, momentáneamente, de la idea de casarse con un hombre al que no ama del todo. Por su parte, Bruno tiene un trauma infantil por la pérdida de su hermano menor, hecho del que él se culpa. Además, conocemos ciertas inquietudes, las motivaciones que los llevaron a estar intimando a pocas horas de haberse conocido.

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La forma en que Bize cuenta esta historia me parece notable, pues se vale de tiros de planos novedosos, como esa secuencia inicial de gemidos en los que la cámara se mete, literalmente, “en la cama” y en las sábanas de los protagonistas. Aunque no tiene un hilo dramático tradicional, sí es efectiva en lograr formar un lazo emotivo con los personajes, creando una empatía que nos hará ponernos en sus lugares. Tenemos pena por Bruno y su hermano pequeño, mientras que nos da lástima la forma en que Daniela pretende convertirse en esposa.

Sin embargo, sus personajes son leves en cuanto a la capacidad que tienen de ser humanos fuera de ese cuarto. Sus problemas son propios y egoístas, sin atisbo de preocupación mayor a la necesaria de una relación cordial. Carlos Saavedra lo explica en su libro “Intimidades desencantadas”:

“El cuarto del motel sirve de escenario, en un tiempo reducido, para las confesiones de una mujer y un hombre de nuestra época. Cada uno recorre su infancia, adolescencia y adultez bajo el código de lo trágico. No hay en los personajes capacidad para mirar otra cosa, o mejor dicho no pueden imaginarse a sí mismos de otro modo, no hay guiños autocríticos, de alguna manera se van configurando en maquetas de un ideal de vida cómoda y aburrida que se desprecia, pero que no se está dispuesto a abandonar”. 3

Coincido con Saavedra en su apreciación más superficial, pues son dos personajes que se quejan de sus vidas tradicionales, en donde está todo resuelto, menos sus problemas. Son personajes sin una profundidad encontrada con la desesperación, sino más bien, sufren de la conformidad dañina de sus vidas comunes. Ascanio Cavallo, en su ensayo “Matías Bize: La insoportable levedad de la pareja”, también hace eco de esta falta de contexto:

“Las películas de Bize se desenvuelven en el espacio de las clases medias acomodadas y se alejan deliberadamente de los problemas llamados ‘sociales’ que por lo general están más conectados a la política. Como la mayoría de los cineastas chilenos novísimos, trabaja sobre la intimidad –aunque sería difícil decir que de una manera minimalista, porque sus recursos visuales no lo son­ y sobre la cultura de las relaciones de pareja en un ambiente donde otros problemas parecen resueltos”.4

Ambos autores reflejan en estos textos la principal falencia de Bize: al centrarse tanto en sus historias de pareja, pierde la profundidad que necesita tener un mundo inventado para que se vuelva veraz. Pasa que en estas historias no es posible escapar de tu realidad y entrar en la de los personajes. Siempre la miras como una película, un pedazo muy ínfimo de la vida de dos personas imaginarias.

Amor al estilo Bize

En 2010, Matías Bize estrena La vida de los peces, logrando 33.283 espectadores en las salas chilenas 5. Aunque no fue un éxito de taquilla, la película logró un Goya y fue alabada tanto en Chile como en el extranjero. Reconocidos críticos nacionales de cine, como Antonio Martínez (“Matías Bize no mira el ombligo de su mundo, más bien lo enriquece y amplifica los horizontes de su cine”) y Ascanio Cavallo (“El resultado es de una excelencia contundente”) no se guardaban loas para el trabajo del santiaguino.

Es, sin lugar a dudas, la película que más representa el “estilo Bize”: planos cerrados que buscan generar emociones, reencuentros o constantes relatos del pasado de los protagonistas. Un viaje (el protagonista no es el mismo cuando sale de esa casa al final del filme) y una cámara que, sin ser subjetiva, busca la empatía del espectador.

Es en esa búsqueda en la que La vida de los peces sale victoriosa pues logra conectar con el sentimentalismo. Para eso, utiliza recursos muy típicos del cine melodramático: música en el clímax o escenas claves, planos cerrados, primeros planos, un contexto personal que nos permita entender las motivaciones de los personajes y la lucha de los protagonistas por estar juntos a pesar de las dificultades.

Sin embargo, la historia, nuevamente, sufre del mismo mal que se vislumbra en En la cama. Son personajes profundos sólo dentro del escenario propuesto. Son personas exitosas en lo profesional, cada uno hace, supuestamente, lo que le gusta y quisieran seguir así, a pesar de este reencuentro que amenaza derrumbar los pilares sobre los que cada uno había cimentado su vida.

Aunque la historia sí funciona, se echa de menos algún contexto del mundo en el que viven, anclas que nos dejen saber en qué mundo estamos sumergidos. Esta es una historia que podría, tal como está contada, suceder en los 80 en Estambul, Turquía, o en el 2010 en Santiago de Chile. Son personajes e historias altamente universales, pero eso los hace también perder identidad.

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No podemos, es cierto, pedirle más a Matías Bize. No porque no pueda (creo que es completamente capaz) sino porque él ya ha declarado cuáles son las historias que le interesa contar. Él no se mete con los problemas sociales, con la contingencia noticiosa, con lo que abruma a las clases bajas o con lo que contenta a los ricos. No es un cine comprometido, por decirlo así, con el mundo. Es un cine comprometido con los sentimientos de su director. Lo que puede no ser malo, al fin y al cabo, existe esa libertad creativa y es bueno desarrollarla y expresarla. Pero también se puede pensar que, de tener esa profundidad contextual, sería (serían) una (unas) película (películas) más completa (completas).

A La vida de los peces hay que mirarle, en todo caso, más los aciertos que las discordancias. La película juega de forma muy profesional con las emociones en los momentos que importan. El final, creo, es uno de los mejores que he visto en una película de amor dramático. Esa forma de separación de los protagonistas muestra lo frágiles y dúctiles que son nuestras decisiones racionales cuando estamos bajo los efectos de las emociones. Escribe Ascanio Cavallo:

“Algunos espectadores entienden que esta separación final es una decisión de Beatriz, mientras otros tienden a opinar lo contrario. Esta discordancia parece extraña, aunque refleja la riqueza de los matices emocionales en La vida de los peces”.6

Es en fin, el perfecto final para la línea que ha seguido Bize en torno al tema del amor.

Conclusiones:

Tomamos sólo dos de la vasta filmografía de Bize pues, los personajes en sus películas pueden transpolarse de una a otra historia. Si se pusieran en fila, es probable encontrar similitudes entre Bruno y Andrés, además de con Alejandro, de Lo bueno de llorar. Lo mismo pasa con Beatriz y Daniela, comparadas con Vera.

“Bize ha construido su filmografía de modo tal que sus personajes podrían pasar de una película a otra o continuarse en una posterior. La Paula del corto La gente está esperando (2000) podría ser la prolongación de la Daniela de En la cama (2005), aunque también una variación de la Blanca de Sábado (2002) y todas ellas anticipos de la Beatriz de La vida de los peces (2012). El Andrés de esta película podría perfectamente ser el Bruno de En la cama, y así por delante”.7

Esta capacidad de filmar sus películas con amplias coincidencias pone a Bize como un director con una ruta definida: lo suyo son las relaciones humanas y, sobre todo, aquellas que contemplan a una pareja heterosexual. Aunque aquí falten muchas omisiones (parejas homosexuales, problemas sociales, personajes que sufran por otras cosas que no sea amor), al mirar su trabajo desde esa óptica, descubrimos cuán valiosa es su propuesta. Y cuán bien le hace llenar ese espacio en el cine chileno.

Con sus decisiones estéticas y de guión, Bize nos pareciera decir: “yo me encargo del amor, de la pareja y de las emociones. Para lo demás, existen otros”.

Notas

1 Emol.com Matías Bize y “Lo bueno de llorar”: “Voy aprendiendo con cada película” – 09/10/2009. (http://www.emol.com/noticias/magazine/2007/10/09/278059/matias-bize-y-lo-bueno-de-llorar-voy-apre ndiendo-con-cada-pelicula.html 2 Emol.com: Matías Bize presenta “La vida de los peces” en España: “Siento que es mi mejor película” –19/11/2010. (http://www.emol.com/noticias/magazine/2010/11/19/448218/matias-bize-presenta-la-vida-de-los-peces -en-espana-siento-que-es-mi-mejor-pelicula.html) 3 Saavedra, Carlos. (2013). Intimidades desencantadas: La poética cinematográfica del dos mil. Pág. 71. 4 Cavallo, Ascanio y Maza, Gonzalo (editores). (2013). El novísimo cine chileno. Pág. 21 5 Cooperativa.cl: Cine chileno tuvo el año pasado su caída de taquilla más grande de la década.- 29/03/2011 http://www.cooperativa.cl/noticias/entretencion/cine/cine-chileno/cine-chileno-tuvo-el-ano-pasado-su-c aida-de-taquilla-mas-grande-de-la-decada/2011-03-29/153931.html 6 Cavallo, Ascanio y Maza, Gonzalo (editores). (2013). El novísimo cine chileno. Pág. 23 7 Cavallo, Ascanio y Maza, Gonzalo (editores). (2013). El novísimo cine chileno. Pág. 17

Bibliografía

­ Cavallo, Ascanio y Maza, Gonzalo (editores). (2013). El novísimo cine chileno. ­ Saavedra, Carlos. (2013). Intimidades desencantadas: La poética cinematográfica del dos mil.

Webgrafía

­ Cooperativa.cl ­ Emol.com

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