MEMORIAS DERIVADAS – KURT COBAIN: MONTAGE OF HECK

Escrito por rcb el . Posteado en #especialmusica, Música

Por Pablo Molina Guerrero

El 21 de junio de 1913, Franz Kafka escribía en su diario: “El mundo monstruoso que tengo en la cabeza. Pero cómo liberarme y liberarlo a él sin reventar. Y, en cualquier caso, mil veces mejor reventar que retenerlo en mí o enterrarlo”.

Crecer es algo difícil. Más aún definir la idea de generación. Siempre me ha parecido un abuso el término para definir a un grupo de gente que no es homogénea. En mis años de liceo, éramos de todos los tipos según el estereotipo estadounidense: geeks, loosers, deportistas, nerds, outsiders, etc.

Nunca me sentí a gusto con los de mi edad. No veía puntos en común, ni formas de ver el mundo. Entre esa masa estudiantil, tenía conexiones, amistades con otros como yo. Éramos en cierta forma los outsiders, los raros. Compartíamos gustos musicales y otras cosas. Evitábamos usar el uniforme oficial, mezclándolo con ropas de nuestro diario vivir: poleras negras, polerones con capucha.

En los recreos conversábamos, nos poníamos de acuerdo para la salida de clases. Pirateábamos discos de MP3, que solían volver rayados. Nos prestábamos libros y alucinábamos con Lovecraft, Baudelaire y Rimbaud. También nos gustaba el anime. Dibujábamos y nos criticábamos. Con nuestras capas ralladas en cada centímetro, nos sentíamos especiales.

Debe haber sido cómico vernos salir del liceo. Tres o cuatro tipos blancuchentos, de pelo desordenado, usando bolsos negros cruzados -atiborrados de parches y alfileres de gancho- mientras caminaban encorvados bajo el horrendo sol. Intentábamos pararnos correctamente, pero nos costaba. Sentíamos que todo el peso de nuestras fraudulentas crianzas estaba sobre nosotros.

En nuestro tiempo libre, los excesos nos llamaban la atención. Un camino hacia la autodestrucción, con uno que otro más afectado -recientemente, uno bajo tres metros de tierra-. Nos creíamos artistas. Nos creíamos diferentes. Una autoafirmación demasiado cómoda, que nuestras vidas de clase media necesitaban para sobrevivir al ahogo de nuestra existencia, aún sin leer a Sartre, Camus o a Nietzsche en profundidad.

Observé con atentos ojos, la repetida historia del líder de Nirvana en Kurt Cobain: Montage of Heck (2015, Brett Morgen) y no pude evitar pensar en mis años de liceano en un pueblo provinciano, alejado de todo. Entre otras cosas, nos gustaba Nirvana, incluso a un chico, a modo de apodo, le habían cambiado el apellido por el de Cobain.

El documental busca a través de una serie de archivos familiares, retratar a Kurt y reflejar mediante entrevistas las contradicciones que sufría como persona, amante, hijo y hermano. Demostrar su corta carrera al éxito, ante la cual todos dicen que no estaba preparado y que finalmente eso junto a otros factores, lo llevó a terminar con su vida.

La forma en que se crió Kurt no fue tan diferente a la de estos tres o cuatro pendejos con problemas familiares. La idea del éxito nacional, la familia perfecta -que no lo es-, la autoestima, la alienación, el consumo… fue exactamente lo que padecimos. A diferencia de Cobain, no tenemos imágenes en movimiento que den cuenta de aquella  sensación a podredumbre con la que crecimos. Toda esta época de neoliberalismo y exitismo barato.

Esto fue precisamente lo que lo convirtió en un ícono trans-generacional. Toda la rabia desatada en algo creativo, sin demasiado virtuosismo. Sólo las tripas derramadas y los cuadernos rayados, llenos de anotaciones y planes. El nihilismo absoluto y las contradicciones estuvieron a punto de borrarnos del mapa, como lo hicieron con el rubio de Aberdeen. Algunos podemos contarlo, otros ya no. De cualquier forma, un repertorio de muertos que admirar, siempre es un buen signo para vivir.

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