VIAJE DE VUELTA: DEL CINE A LA HISTORIA

Escrito por rcb el . Posteado en //01, Diplomado Estética y Crítica de Cine

Por José T. Valdés  

Desde los primeros años del cine, se han asomado a la retina de las personas películas que de una manera u otra han intentado retratar fragmentos de nuestra historia. Dicha tendencia se mantiene hasta nuestros días recorriendo diversos géneros y maneras de hacer cine, repasando una amplia gama de períodos y personajes históricos. Es lógico que este fenómeno se haya producido, ya que el material historiográfico y la memoria, al igual que la literatura, son un excelente aporte para el séptimo arte. Si bien la relación entre el cine y la historia, saca cuentas beneficiosas y favorables para la primera, aún en el plano de la disciplina histórica existe una nebulosa con respecto al aporte y uso de diversos filmes para la investigación académica. Existen varios debates sobre qué tan válido llega a ser una fuente audiovisual, especialmente al momento de toparnos con una ficción. La problemática se ahonda aún más cuando existe un campo dedicado a la historia cultural, en donde las pinturas y fotografías ya han sobrepasado las barreras y se aceptan como fuentes legítimas.

El objetivo del presente informe es adentrarse en aquellos debates, ver qué opciones hay frente al cine como fuente y cuáles son los percances que puede tener una película a la hora de rescatar la memoria. Ver cómo los filmes pueden presentarse como una representación cultural de la sociedad o simplemente como una entretención que argumenta la narrativa en algunos hechos históricos. El enfoque ahondará principalmente en la ficción, ya que el documental genera otro debate, aunque igualmente se mencionarán algunos elementos comunes que pueden ser trazados en estos debates.

Comencemos primero contextualizando la metodología de trabajo de la historia. El historiador por lo general, durante años y años ha trabajado constantemente con lo escrito, con los libros, con archivos, también en algunos casos se hacen guiños a la oralidad, es decir, la entrevista. Pero la fuente primordial que da frutos a los trabajos académicos son las fuentes escritas. Puede verse que en cualquier libro de historia las citas de referencia en su gran mayoría nos llevarán a productos escritos, sean leyes, sean actas, periódicos, libros escritos por otros académicos, etc. Las otras fuentes se mantienen alejadas, si bien se dice que están incluidas, se mantienen a raya, las diversas artes difícilmente acceden como fuentes, a no ser que sea para trabajar en el mismo campo de las artes. Eso pensando que en aquellos mundos se encuentra una inferioridad objetiva. “Según dice un especialista en historia del arte, << los historiadores… prefieren ocuparse de textos y de hechos políticos o económicos, y no de los niveles más profundos de la experiencia que las imágenes se encargan de sondear>>; otro, en cambio habla de la <<actitud de superioridad para con las imágenes>> que esto presupone.”[1]

De la misma manera a la hora de utilizar las imágenes en los diferentes trabajos, solamente son usados a modo decorativo. “En los casos en los que las imágenes se analizan en el texto, su testimonio suele utilizarse para ilustrar las conclusiones a las que el autor ha llegado por otros medios, y no para dar nuevas respuestas o plantear nuevas cuestiones.”[2] Lo mismo ocurre con el cine, las películas solo se usan a modo de ejemplo, o como ejercicio más dinámico de explicación. Rara vez los elementos audiovisuales son utilizados como entes de reflexión propia, por lo general sólo se busca la adaptación de la imagen a la tesis planteada.

Existen varios argumentos que pueden salir a la defensa tanto de las imágenes como del cine. El primero de ellos recae en el uso de la propia palabra “fuente”. “Tradicionalmente, los historiadores han llamado a sus documentos <<fuentes>>, como si se dedicaran a llenar sus cubos en el río de la verdad y sus relatos fueran haciéndose más puros a medida que se acercaran más a los orígenes.”[3] Ante todo lo que llamamos fuentes son más que nada vestigios que van quedando de los sucesos a trabajar, caerían mejor en huellas del pasado. Si hacemos ya ese mísero cambio semántico, podemos apreciar mejor los productos del cine, ya que todo filme se convertirá en un vestigio de nuestra sociedad y podrá dar cuenta de ciertas maneras de pensamiento y acción. El arte rupestre es un vestigio de gran importancia para los antropólogos, nadie puede negar que probablemente el cine se transforme en nuestras marcas.

Con estos mismos vestigios se puede reconstruir un pasado, quizás no de la manera tan exacta como a algunos historiadores positivas les gustaría, pero si con la suficiente fuerza como para arrojar luces importantes sobre un período. “Los especialista en historia cultural Jacob Burckhardt (1818 – 1897) y Johan Huizinga (1872-1945), que además eran artistas aficionados y cuyos estudios tratan respectivamente del Renacimiento y del <<otoño>> de la Edad Media, basaban sus descripciones y sus interpretaciones de la cultura de Italia y de los Países Bajos en las pinturas de artistas tales como Rafael o van Dyck.”[4] Las pinturas, al igual que el cine pueden ser entendidos como objetos a través de los cuales podemos leer estructuras de pensamiento y representación de una determinada época.

Aunque se puede llegar a aceptar que el cine tiene material para el trabajo historiográfico, hay que tener en cuenta que se debe tratar con cautela dicha fuente, al igual que las otras (a pesar de la fe ciega que se le tiene al material escrito), ya que se debe comprender que el cine contiene una serie de elementos externos que pueden configurar su contenido. Y es aquí donde finalmente se abre un gran debate sobre la ficción. Pues a la hora de realizar una película, la conformación de un set por ejemplo, puede estar seriamente manipulada por los presupuestos limitados, también se juega el gusto por la masa, debiendo buscar maneras de que las imágenes cuadren entre sí para hacerlas entendibles y dinámicas, de la misma manera en que debe existir una duración permisible, sino se cae en el aburrimiento u hostigamiento. Algunos creen que en el documental se escapan a varios de estos problemas (entre otros no mencionados), pero de igual manera el montaje y la edición juegan su papel importante. Robert Rosenstone realiza un ejemplo perfecto, al explicar que en un documental la imagen de un proyectil (bomba o balazo) y su posterior estallido es una construcción mediante la edición, ya que la cámara al no poder seguir de manera perfecta la trayectoria del objeto, no puede mostrarnos la realidad de ese proyectil, pues puede haber caído en cualquier otra parte o que su explosión fue diferente a lo visto en la cinta. Y agrega que: “el documental está sometido a la tiranía doble – es decir, a la ideología – de la imagen necesaria y del movimiento perpetuo. Y pobres de los aspectos de la historia que no puedan ilustrarse o resumirse rápidamente.”[5] Aunque pareciera ser que la ficción también se ve sometida por la misma tiranía doble.

Como se menciono en la idea anterior, no podemos pensar que lo escrito es puro y que está libre de ideologías o de una búsqueda de formas que hagan al texto más atractivo para su público. Los métodos e intenciones del cine si bien se comparten entre más personas, pueden llegar a correr el mismo riesgo que los trabajos de historia hechos libros. “Lo que ignoramos demasiado a menudo es hasta qué grado la historia escrita, y especialmente la historia narrativa, está sujeta de la misma forma a las convenciones del género y del lenguaje.”[6] Sino simplemente veamos las contradicciones entre un libro de historia de Chile escrito por un historiador positivista y tradicional como Sergio Villalobos y uno marxista como Luis Vitale. Existen manipulaciones personales, cada uno escoge su enfoque y vela por que sus datos se acomoden a sus tesis, tal como un director de cine velará por los diversos elementos se acomoden al filme. Es por ello que no podemos mirar con desmedro al cine por aquellos factores de intencionalidad que también afectan al documento escrito.

Pero para algunos más quisquillosos mientras mayor ficción en el trabajo la seriedad se va perdiendo. Hay algunos que miran las cintas de video como un material que debe ser un retrato de la realidad antes que la ilusión de ella. “Es preciso averiguar si una determinada película, o una escena de una determinada película ha sido rodada en directo, o si ha sido fabricada en el estudio utilizando actores o maquetas.”[7] Estas palabras de Burke apelan a que el video debe ser símil a la grabadora de voz, es decir que la imagen sea pura, lo cual llega a ser casi imposible, que sea una especie de diario. De dónde podríamos obtener un escenario que retrate perfectamente el Siglo de Oro de Pericles por ejemplo. Hay fronteras en las que el cine debe de hacer uso de la fantasía y de lo conocido para recrear, sino estamos perdidos, tendríamos que ver las películas como posibles (siguiendo la lógica detallista) documentos de ayuda en la historia contemporánea. Ese error de entendimiento se produce constantemente a la hora en que el historiador se enfrenta a los filmes, los mira con un ojo inspector, detallista, preocupado de que todo sea como debió haber sido, fijado en el primer traspié para poder dictar su sentencia.

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Más sabio que juzgar si tal o cual elemento iba aquí o allá, es mejor preguntarse si algunos cambios hacen daño a los significados. Hay muchos casos en que por ejemplo en películas biográficas se agregan episodios o se modifican para ayudar al dinamismo del filme o a la comprensión de ciertos factores. Aquella ficcionalización “es un agregado que no le hace violencia al registro escrito, siempre y cuando el ‘significado’ que crea el ‘imitador’ incluya de alguna manera el ‘significado’ mayor del personaje histórico que encarna.”[8] Tomemos un ejemplo cercano, como el caso de Violeta se fue a los cielos de Andrés Wood, cuando Violeta toca en un recinto lleno de gente adinerada y luego al irse los insulta de cierta manera. Aquel suceso puede que nunca haya sucedido, que haya sido mera creación de Wood (al menos yo no lo sé), pero el que sea ficción no le quita mayor peso, es un fragmento que no le quita la esencia al personaje retratado, por el contrario intenta mantener la coherencia del discurso que representa Violeta Parra.

De la misma manera a la hora de realizar un juicio, es preciso hacer unas cuantas preguntas previas al análisis del filme. “Parafraseando a E.H. Carr (cf. Introducción), cabría sostener que, antes de estudiar la película, debería estudiarse al director.”[9] Volviendo a casos chilenos, veamos el caso de NO, dirigida por Pablo Larraín. Si queremos analizar la película debidamente, tenemos que entender ciertos factores que pueden influenciar al director, como por ejemplo su linaje que lo une a la alta alcurnia de la sociedad chilena y con sectores de derecha. Eso nos ayuda a entender el tratamiento que se le da a la obra, los mensajes inscritos en él, aunque también hay que tener cuidado ya que ciertas pistas pueden llevarnos a juicios que no son tan rígidos. Pero los orígenes dicen algo, por ejemplo en la película Troya, donde tenemos la presencia de un director con una clara tendencia hollywoodense, es obvio que vamos a tener una película con mayor enfoque a la guerra y la acción, ya que eso es lo que vende y gusta a las masas. El cuestionamiento al director es un ejercicio básico, básico en el sentido de que todo autor de una obra debe de ser analizado para posteriormente analizar su obra, pero como en el cine las imágenes pueden llegar a ser bastante potentes, a algunos historiadores se les olvidan sus propios métodos básicos.

Yendo más allá de algunos percances metodológicos, existen algunos académicos que incluso van más allá de la mera defensa del uso del cine en la historia. “R.J. Raack, un historiador que participó de la producción de varios documentales […] Según su visión, el cine es un medio más apropiado para la historia que la palabra escrita. La ‘historia escrita tradicional’, argumentó, es demasiado lineal y estrecha para recrear toda la complejidad del mundo multidimensional que habitamos los humanos.”[10] De hecho la historia escrita por lo general se centra más en datos que en emociones y algunas situaciones llega a presentarlas de manera frívola, mientras que el cine puede llegar a ahondar en los sentimientos encerrados tras esas líneas, generando una mayor empatía con ciertos períodos. También en la pantalla grande se ahorran las clasificaciones históricas, las líneas divisoras entre lo económico, lo político, lo social, lo cultural, no se enmarcan rígidamente, sino más bien conviven, se hacen una totalidad como se hace en nuestras vidas.

Si seguimos el rastro de aquellos que han trabajado con el cine y la historia, podemos llegar hasta los Annales e incluso hasta los primeros años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. “El primero que rompió con la historia del cine anterior fue el alemán S. Kracauer, que en 1947 publicó From Caligari to Hitler. A Psicological History of the German Film.”[11] Dicho trabajo realiza un estudio social y psicológico, en donde veía reflejada cierta mentalidad en la nación alemana durante la República de Weimar, en los filmes producidos en aquella época. Pero a medida que ha pasado el tiempo, las críticas siguen atacando a este libro debido a ciertos conceptos que son demasiado ambiciosos para un estudio de aquella índole, e incluso criticando la opción de dejar fuera ciertas obras cinematográficas. “El siguiente paso se produjo dentro de la escuela de los Annales, y en concreto fue obra del que fue coeditor de esta revista, M. Ferro, que en 1965 publicó el primer artículo que la prestigiosa revista francesa dedicaba al cine.”[12] Pero a pesar de ya tener estos intentos serios por aproximar el cine a la historia, luego de 50 años siguen habiendo percances, por más que existe un hombre de los mismos Annales que defiende el uso del séptimo arte como fuente, hay algunos escépticos que hacen la vista gorda y lo ven como un mero experimento bizarro. Es ante este vaivén de aceptación y rechazo, que aún no existen posturas oficiales, que la academia aún no se abre con toda confianza a esta fuente.

septimo sello penitentes

Pero quisiera traer a colación algunos ejemplos filmográficos que hacen de prueba de que en el cine pueden haber hallazgos historiográficos al igual que citas homologables a lo escrito y oral. Partiendo con El nombre de la rosa de Jean-Jacques Annaud y El séptimo sello de Ingmar Bergman. En ambos filmes se pueden rastrear conductas y situaciones propias de la Edad Media. En el primer caso se observan los clásicos conflictos entre la razón y la fe. Pero a la vez se observa el funcionamiento de una abadía en donde los monjes copian a mano manuscritos y están a cargo de bibliotecas con ejemplares únicos. También se observan conflictos entre la Iglesia ortodoxa y la heterodoxia. En fin, a pesar de ser basado en una novela de Umberto Eco, el filme en sí arroja las suficientes pistas para llegar a contenidos más profundos y hace muestra de realidades de la época, que en cuestión de segundos ahorra infinitas páginas. Con El séptimo sello se ve claramente las estratificaciones de la Edad Media, algunos comportamientos del clero, de los caballeros y de la plebe misma, se ve la amenaza de la peste y sus repercusiones, como se van configurando sociedades en el camino, en fin, ante los ojos de quién escribe hay varios elementos que permiten una mayor permeabilidad con la época que una extensa bibliografía. Aunque tampoco hay que confundirse, el cine por si mismo tampoco es una fuente exclusiva, todo debe ser complementado, sino pecaríamos de la misma manera en que pecan los defensores acérrimos de la fuente escrita.

También en otro trabajo se expresa el valor que tienen por ejemplo, El Chacal de Nahueltoro de Miguel Littin y Valparaíso mi amor de Aldo Francia, con lo que respecta a la historia de Chile, en donde se adentran en temas que la academia tratará casi dos décadas después. También existen otros aportes en filmes como La Historia Oficial de Luis Puenzo, en donde se encuentran conflictos de apreciaciones. Es decir, se juega con las subjetividades frente a la dictadura, ya a partir de esa presentación podemos ir rastreando diversos grupos que permiten un acceso a las sensibilidades del período. Es que no todo en la historia es el relato, sino que también entran estas subjetividades, las mentalidades. Peter Burke también hace referencia a uno de los grandes directores del cine oriental. “En Los siete samuráis (1954) y La fortaleza escondida (1958), por ejemplo, Kurosawa transmite una viva sensación de la inseguridad y confusión del período anterior a la reunificación del Japón por obra de la dinastía Tokugawa.”[13] Un clásico que tampoco debemos olvidar es El acorazado Potemkin de Serguei Eisenstein, que más allá de representar hechos reales, hace una metáfora y analogía perfecta con lo que será la Revolución Rusa. Por más ficción que sea dicha película no se puede negar su valor histórico, su valor como fuente narrativa de la historia.

Aunque finalmente tampoco hay que cegarse y solo admitir aquellos filmes que retratan o se asocian a algún período histórico en específico. Lo que hay que tener en claro a la hora de acercar el cine a la historia, es que lo que vemos son representaciones. Pierre Sorlin da directo al blanco al creer que “las películas están íntimamente penetradas por las preocupaciones, tendencias y aspiraciones de su época.”[14] Por ejemplo a la hora de ver cine fantástico, hay que entender que esas fantasías a la vez hacen historia, porque dan cuenta de las imágenes que vamos produciendo en determinado momento. Si nos topamos con películas como El día después de mañana o 2012 no hay que ser un genio para saber que en los primeros años de este nuevo milenio hubo un sentimiento apocalíptico. Al ver Matrix y WALL-E podemos creer que no hay manera de construir algo en común, pero podemos ver perspectivas del futuro y de nuestro trato con las computadoras. En fin, a lo que se apunta, es que en dichos filmes hay imaginarios colectivos representados, de alguna manera surgen y eso nos lleva a escribir historia, nos lleva a rastrearnos a nosotros mismos.

Para concluir este breve repaso de lo que significa el cine para la historia, en primer aspecto quisiera pedir disculpas ante el posible desorden de este texto, dado que la temática es inmensa y tiene infinitas variables para tomarlo, por lo que cuesta a ratos mantener la coherencia sin perderse por otros rumbos. Como segundo punto, hay que rescatar que es un tema que gatea pero que sigue esforzándose por caminar. Si bien ya llevamos años viviendo con el cine, si bien también se lleva medio siglo en que algunos historiadores han trabajado con el cine, las objeciones siguen vigentes, la entrada aún cuesta. Aunque hay que admitir que se va por buen camino, existen cursos universitarios que unen estos dos mundos, existen académicos que se atreven a usar el cine, etc. Quizás sólo falta la costumbre. “El desafío del cine a la historia, de la cultura visual a la escrita, puede ser similar al del surgimiento de la historia escrita frente a la tradición oral.”[15] El terror que produce lo nuevo a lo convencional ya ha pasado, ahora sólo quedan algunas miradas que miran con sospechas o resquemor, pensando que no hay nada más válido que lo escrito. Hay que seguir avanzado, ya que no podemos negar la masividad del cine, tampoco sus efectos. “No cabe duda de que el cine interfiere en la historia y la construye, influye sobre la sociedad y crea estereotipos y mentalidades, llegando al gran público mucho más que los libros académicos”.[16] Hoy en día el material filmográfico se utiliza bastante en la docencia de la historia y eso nos dice algo. No podemos aparentar que el cine no es una fuente sólo porque es un medio artístico, sólo porque hay ficción o industrias con intereses comerciales más que intelectuales. El séptimo arte en sus cien años, con todo lo que ha producido, se ha ganado el derecho de sobra para usarse como medio formal de investigación. No podemos ser tan absurdos de admirar el arte rupestre como un tesoro histórico y negar aquellas imágenes que día a día observan millones de personas. Por más absurda que pueda parecer una película que trate un período histórico, tiene mensajes escondidos que debemos saber leer, que los historiadores deben aprender a leer. El viaje de ida comenzó en el momento en que los cineastas tomaron a la historia como material para sus películas, ya es tiempo de que la historia realice un viaje de vuelta exitoso tomando al cine como material para sus estudios.

    Notas  

[1]  Burke, Peter; Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico; Barcelona, Crítica, 2001, p.12
[2]  Ibídem
[3]  Ibídem, p.16
[4] Ibídem, p.13
[5] Rosenstone, Robert; La historia en imágenes/La historia en palabras: reflexiones sobre la posibilidad real de llevar la historia a la pantalla; p.101. Texto aparecido en el “Forum” de The American Historical Review, vol.93, núm.5, diciembre 1988, pp. 1173-1185.  
[6]  Ibídem, p. 102
[7]  Burke, Peter; Op.cit., p.197  
[8] Rosenstone, Robert; Op.cit., p.103
[9] Burke, Peter; Op.cit., p.203
[10] Rosenstone, Robert; Op.cit., p.95
[11] Santiago de Pablo; Introducción. Cine e Historia: ¿La gran ilusión o la amenaza fantasma?; http://www.historiacontemporanea.ehu.es/s0021-con/es/contenidos/boletin_revista/00021_revista_hc22/es_revista/adjuntos/22_02.pdf
[12]  Ibídem
[13] Burke, Peter; Op.cit., p.205
[14] Santiago de Pablo; Op.cit.
[15] Rosenstone, Robert; Op.cit., p.107
[16] Santiago de Pablo; Op.cit.

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